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lunes, 6 de enero de 2014

Nuestra mente y la salud

Cuando estamos absortos imaginando una fantasía sexual, nuestro cuerpo puede responder como si estuviera teniendo esa experiencia; la mera suposición anticipada de un encuentro hostil puede hacer subir la presión sanguínea; conjeturar una situación que nos provoca temor acelera nuestro ritmo cardiaco… Estos ejemplos muestran que la relación entre lo que proyectamos en nuestra mente y la respuesta fisiológica y corporal es evidente. Del mismo modo, cuando suponemos que algo ocurre, nues­­tro cuerpo responde como si estuviera sucediendo en la realidad. Si cambiamos lo que imaginamos por algo más positivo, podemos influir directamente en la situación.

Numerosos estudios muestran que las imágenes construidas conscientemente pueden llevar a efectos tales como un aumento de la glucosa en sangre, la formación de ampollas, mayor secreción de ácido gástrico, y cambios en la temperatura de la piel y en el tamaño de las pupilas. Está claro que el cuerpo y la mente constituyen un sistema unificado e interdependiente. El poder de la creencia y de la imagen que mantenemos asociada a ella nos ayuda a mejorar nuestra salud cuando son positivas. En cambio, cuando son negativas, se incrementa nuestro malestar.

El esfuerzo creativo. A veces recurrimos a recuerdos negativos de situaciones que hemos vivido que nos hacen mantener una visión nociva de lo que puede ocurrir. En casos así debemos hacer un esfuerzo creativo para llegar a enfoques positivos. Podemos lograrlo descubriendo en nuestro pasado experiencias de superación y recurriendo a ellas, o bien imaginando un futuro mejor. Esto tendrá consecuencias saludables a todos los niveles: mental, corporal, emocional y relacional.

Alimentar la confianza. Los medicamentos actúan en ocasiones con un efecto placebo. Son productos que quizá no tienen una elevada repercusión fisiológica, pero son curativos porque el enfermo está convencido de que esa será su consecuencia. El efecto placebo se da, por ejemplo, cuando el médico transmite una imagen de futuro positivo al paciente. Esto alimenta su confianza y su esperanza. Con ello, el paciente cree en el resultado que obtendrá y, así, lo atrae y lo genera. Es decir, el resultado fisiológico de los pensamientos afecta directamente a la salud.

David Cooperrider, creador e impulsor de la Indagación Apreciativa, en su artículo sobre imagen positiva-acción positiva afirma: “La respuesta placebo es un proceso fascinante y complejo en el cual las imágenes proyectadas, tal como se reflejan por una creencia positiva en la eficacia de un remedio, provocan una respuesta curativa que puede ser tan poderosa como la terapia convencional. Aunque el fenómeno del placebo ha sido controvertido durante casi veinte años, la mayoría de los médicos aceptan hoy día como genuino el hecho de que entre uno y dos tercios de todos los pacientes tendrán una mejoría marcada fisiológica y emocional en sus síntomas simplemente creyendo que se les está dando un tratamiento efectivo” (Beecher, 1955; White, Tursky y Schwartz, 1985).

Norman Cousins, miembro de la Facultad de la Escuela de Medicina de UCLA (Universidad de California, Los Ángeles), en su obra Las opciones humanas (1981), sugiere que, más allá del sistema nervioso central, del hormonal y del inmunológico, hay otros dos que no se han tenido en cuenta convencionalmente, pero que deben reconocerse como esenciales para el buen funcionamiento del ser humano: el curativo, y el sistema de creencias. Cousins argumenta que los dos trabajan juntos: “El curativo es la forma en la que el cuerpo moviliza todos sus recursos para combatir la enfermedad. El de creencias es, a menudo, el activador del sistema curativo”.

La investigación en muchas áreas confirma este punto de vista y muestra que las respuestas placebo no son místicas ni inconsecuentes, y que las respuestas mentales y psicofisiológicas pueden ser canalizadas a través de más de cincuenta mensajeros moleculares neuropéptidos que enlazan los sistemas nerviosos, endocrino, autónomo y central (White, Tursky y Shwartz, 1985).

Una experiencia personal. He comprobado en carne propia los beneficios de mantener creencias e imágenes positivas sobre mi situación corporal. Sin ir más lejos, en 2011 tuve un accidente de moto en el centro de la ciudad de Barcelona. El impacto afectó a nueve vértebras, con fracturas, aplastamientos y fisuras de diversa consideración. Utilicé de inmediato la visión positiva: ¡Estoy viva! ¡Respiro! Un sentimiento de agradecimiento se apoderó de mí mientras aún yacía en la calle.

El pronóstico fue que debía pasar tres meses en posición horizontal, sin poder doblarme. Me vi obligada a ponerme un corsé de hierro para poder mantenerme en posición vertical, pero procurando no estar más de 30 minutos al día de pie. Después de tres meses en cama tuve una larga recuperación, que duró otros tantos debido a la pérdida de tono muscular provocada por la inmovilización.

El traumatólogo estudió la primera resonancia magnética después del accidente y me dijo que alguna de mis vértebras continuaría aplastada de por vida. Decidí desafiar su pronóstico y utilizar el efecto placebo: cada día en meditación visualizaba el crecimiento de mis vértebras y que podía moverme con total flexibilidad. Además seguí un régimen alimenticio que contribuyó a prevenir la descalcificación.

Dos meses y medio más tarde escribía: “Hoy he visto los resultados de las radiografías, y las vértebras que supuestamente tendría aplastadas de por vida han rehecho su altura y las he recuperado al cien por cien. Las vértebras están vivas y han crecido”.

En todo el proceso apliqué lo siguiente:
  • Apreciar el hecho de estar viva. La actitud de agrade­­ci­­miento y aprecio genera bienestar, y ello contribuye a una mejora vital.
  • Visualizar mi futuro con las vértebras restablecidas en su altura y flexibilidad normal. Me visualizaba danzando en el Cirque du Soleil. Veía todo lo positivo que la situación me ofrecía, a saber: meditar, estar con amigos sin prisa, leer, gozar del silencio…
  • Explicaba los beneficios de aquella situación inesperada e indagaba sobre ellos. Así reforzaba lo bueno y lo positivo, manteniendo mi tono vital mental y corporal. Mis preguntas se centraron en: ¿qué puedo aprender de esta situación?, ¿qué puedo descubrir de mí misma?
  • En esencia, apliqué la indagación apreciativa, que se centra en los aspectos que fortalecen la energía, la vitalidad y el bienestar de un sistema, sea este un cuerpo, un grupo, una familia, una organización. En mi caso me centré en todo aquello que daba sentido a mi vida y vitalidad a mi cuerpo.

Ante un malestar, depresión, enfer­­medad, es bueno plantearse preguntas que nos conecten con nuestro cen­­tro vital en vez de preguntas que nutran el malestar. Por ejemplo, ¿qué opor­­tunidades me brinda esta situación? En vez de ¿qué me estoy perdiendo por culpa de esta situación? Visualizarse sano. Invocar la energía saludable. Utilizar imágenes inspiradoras de esperanza y confianza, en vez de imágenes que nos desesperen. Así movilizamos nuestro sistema curativo. Y estar convencido del poder sanador del cuerpo y de la mente. Recuerde: el sistema de creencia activa la curación. Piense que puede mejorar y que su cuerpo tiene la capacidad para lograrlo.


Miedo a perderse algo

Toni llega sistemáticamente tarde a todas las citas. Y si algo le caracteriza es la celeridad. Su tremenda impuntualidad no se debe, pues, a que sea lento, sino a que su vida la forma una concentración de actividades pegadas unas a otras. Por muy deprisa que vaya, nunca puede llegar a tiempo. Una frase lo caracteriza: “No quiero malgastar la vida”. Y allí se encuentra la raíz de su conducta.

En la sociedad en que vivimos, si algo nos define es ir acelerados, y no solo en la faceta laboral, sino también en nuestra parcela ociosa. Huimos de un miedo que tenemos escondido en todas nuestras células: que llegue el final de nuestras vidas y que nos arrepintamos de no haberla vivido más intensamente o haberla desperdiciado.

El sufrimiento es algo muy íntimo. La sensación de soledad, de culpa, las dudas, la negrura que se nos instala dentro, suele parecernos algo muy nuestro. Propiedad privada. Solemos esconderlo; los demás, que nos parecen más felices, no podrían entenderlo. Todos solemos enseñar nuestra cara más sonriente. Así, unos idealizamos la vida de los otros. Pensamos que detrás de la sonrisa de los demás se encuentra una vida más fácil que la nuestra.

Las redes sociales multiplican esta idealización. En Facebook, por ejemplo, muchas personas cuelgan fotos de sus vidas: suculentas comidas, fiestas con los amigos, viajes alucinantes, momentos románticos… Nadie cuelga la bronca con su pareja. Así, cuando un domingo por la tarde sentados en el sofá del comedor nos ponemos a contemplar esas instantáneas fantásticas de nuestros amigos, nos podemos sentir muy desgraciados. FOMO (fear of missing out; en español, miedo a perderse algo) es la nueva etiqueta que ha surgido para esta sensación. ¡Estamos apoltronados en el sofá cuando los demás están disfrutando intensamente de la vida! ¡Nos estamos perdiendo algo! Según un estudio, tres de cada 10 personas con edades entre 13 y 34 años están sufriendo FOMO.

El sentimiento de que la vida pasa y quizá no la estamos aprovechando como deberíamos también lo aumenta la cantidad de oportunidades que nos ofrece el mundo desarrollado. Hace solo unas décadas, la televisión disponía de un único canal; ahora, el número es apabullante. Parece que en la vida pasa lo mismo. Las opciones se multiplican constantemente.

Unos días atrás me quedé sin champú. Entré en el primer establecimiento que vi, pero no encontré la marca que suelo utilizar. Podía comprar cualquier otro. Pero no fue tan fácil. No conté los tipos de champú que había, pero no menos de 40. Mis neuronas tardaron un buen rato en elegir uno. Ridículo.

Según el psicólogo Barry Schwartz, el aumento de opciones que nos ofrece la sociedad de consumo nos aleja de la felicidad en lugar de acercarnos a ella. San Francisco de Asís, que afirmaba: “Necesito pocas cosas, y esas pocas las necesito poco”, seguro que hubiera estado de acuerdo con él. El incremento de posibilidades aumenta nuestra frustración fundamentalmente por cinco motivos:

1. El tiempo que necesitamos para elegir. Mis amigos estuvieron durante mucho tiempo riéndose de mi móvil. ¿Por qué no lo cambias? Me gustaba cuando me enseñaban las aplicaciones de los suyos, pero pasar de mi simple telefonillo a un smartphone lo veía una aventura. No tenía ni idea de cómo empezar a elegir, y pensaba que una vez comprado no tendría tiempo para aprender a manejarlo y sacarle partido. Invertí muchas horas pidiendo consejo a cualquier persona que veía con uno en la mano. El análisis produce parálisis. Y así estaba yo, inmovilizada. Hasta que un día mi hermana me empujó dentro de un comercio para que me lo comprara de una vez.

2. El espacio que ocupan las opciones. Cuando entre varias posibilidades hemos elegido una y descartado las demás, en algunos casos las descartadas siguen estando disponibles, invadiendo espacio en nuestra mente. Supongamos que nos vamos de fin de semana y decidimos estar desconectados. Y así lo hacemos; sin embargo, la posibilidad de conectar el teléfono está allí constantemente. Quizá se nos cruce por la cabeza en varios momentos. Y aunque superemos esas fugaces tentaciones, necesitamos una mínima energía para conseguirlo. Las opciones ocupan espacio mental, aunque las descartes.

3. Aumentan nuestras expectativas. Barry Schwartz en una de sus conferencias explicó que siempre viste vaqueros. Antes era fácil comprarlos, solo tenías que indicar tu talla al vendedor. Este psicólogo confesaba su mareo actual cuando el dependiente le pregunta cómo los quiere: ¿talle alto, bajo?, ¿lavados a la piedra?, ¿rotos, cosidos?… “Lo curioso es que ahora que puedo elegir entre tantas posibilidades estoy menos satisfecho con mi compra… tanto es así que he tenido que escribir un libro para entender el porqué”, bromea. Se refiere a su obraPor qué más es menos. Según él, cuando te ofrecen tantas variedades de un producto, aumentan tus expectativas. En el caso de los pantalones, piensas que te van a quedar mucho mejor. Y cuanto más altas son las expectativas, más difícil es que la realidad se acerque a ellas. La insatisfacción está servida.

Cuando lo que se esperaba era menor, podíamos llevarnos sorpresas positivas. En nuestros días, esta alegría inesperada es cada vez menos común.

4. Crece el arrepentimiento. Unos meses atrás, la mujer de un amigo me invitó a su fiesta sorpresa de 50º aniversario. La celebración consistió en un día en el campo con muchos amigos y muchas actividades a elegir. Debías escoger entre unas cuantas: excursión en bicicleta, a pie, rafting, relajarse en el lago… Todas atractivas. Mi parte sedentaria escogió el lago, y la verdad es que tengo un recuerdo muy bonito de esa tarde. La compartí con una amiga con la que hacía tiempo que no coincidíamos, y la conversación fue de lo más suculenta. Pero… ¿me lo habría pasado mejor si hubiese ido de excursión? Al final del día, cuando todos estábamos juntos de nuevo, la pregunta que iba circulando era: ¿qué tal lo habías pasado en bici?, ¿qué tal el rafting?… Creo que en el fondo de esa cuestión había la necesidad de saber si cada uno había elegido bien la actividad. No sé si alguien se arrepintió de la opción elegida. Lo que sí está claro es que cuando crecen las posibilidades de elección, también lo hacen las de arrepentimiento.

5. Aumenta el sentimiento de culpa. Cada día existen más tipos de tratamiento para un mismo diagnóstico dentro de la medicina alopática. Y además también podemos optar por salirnos de ella y recorrer los caminos menos “oficiales” de las alternativas. La decisión es toda nuestra. He oído en más de una ocasión comentarios del tipo: “ha muerto de cáncer, pero es que no quiso quimioterapia y se fue hacia las terapias naturales” o “se murió porque no probó otras terapias menos intrusivas y más naturales”. En cualquier caso, parece que la culpa es del muerto. Horrible.


Tenemos miedo a desperdiciar la vida, a perdernos algo, pero… ¿el qué? ¿Esa fiesta que vemos en Facebook, el coche que tiene el vecino, un superviaje como el que hace nuestro primo…? Realmente la desperdiciamos cuando ocupamos nuestras sinapsis en: elegir “el mejor” reloj, en idealizar la vida de los demás, en sentirnos frustrados por no vivir tan intensamente como supuestamente viven los otros… Inmersos en nuestros montajes mentales sí que nos perdemos algo: apreciar lo esencial. Bonnie Ware acompañó a muchos enfermos en los últimos días de su vida. Ninguno se arrepintió de no haberse comprado ese coche o de no haber ido de vacaciones a no sé dónde. Esas personas, al mirar atrás, confesaban que si volvieran a vivir, disfrutarían más de sus amigos, no se dejarían acorralar por preocupaciones nimias, expresarían con más sinceridad sus sentimientos… Conclusiones lúcidas que propicia la cercanía de la muerte, pero a las que afortunadamente podemos llegar sin tenerla cerca.





jueves, 2 de enero de 2014

¿CÓMO GESTIONAR TUS FRACASOS?

Hace un año te lo prometiste, "voy a ponerme en forma" decías. Igual que hace dos años, igual que hace tres, como siempre, como has hecho siempre.

Y pudiera ser que este año volvieras a fracasar, porque la derrota es algo real. Más que real, es probable y cuando algo se torna probable tiene todos los números para convertirse en un hecho. Podría entrar a valorar  el error o no de ponerse una fecha para empezar y terminar las cosas que hacemos pero eso es algo tan humano como respirar y si no que levante la mano quien no haya dicho nunca algo como "empiezo el 1 de enero y si para el 1 de marzo no he visto resultados lo dejo". Demasiado humano.

Hoy quiero hablarte sobre qué hacer cuando pierdas. Cómo reaccionar ante una derrota.

Siempre digo que hay dos formas de recibir una bofetada, una de ellas consiste en mirar de frente y recibirla con el mentón levantado y la otra se basa en cerrar fuerte los ojos, mirar hacia otro lado y rezar para que no duela mucho. Esas son las dos formas de encajar una derrota: puedes abrir los ojos y extraer como una experiencia lo que has hecho bien y lo que no o puedes maldecir a la suerte, cerrar los ojos y no enterarte de lo que ha pasado. Ah, y repetir error tras error para volver a perder.

Las cosas sólo se hacen realmente bien cuando antes las hemos hecho mal muchísimas veces. Cada vez un poco "menos peor" pero mal al fin y al cabo. Cuando tenía 14 años fui a lanzar una canastas, fui solo y así como entraba andando cogí la pelota y tiré desde el centro de la cancha, la pelota entró limpia por el aro. Después fui a por la pelota, volví al mismo punto, lancé y no se acercó a más de 1 metro. Volví a intentarlo durante una hora y no pude volver a conseguirlo. Eso es suerte + osadía = Error tras error. Ese día no aprendí nada.

Al cabo de un par de días, cuando mi cabreo ya había pasado, volví a la cancha con una tiza, un boli y un cuaderno. Me puse a 4 metros de la canasta, hice una marca en el suelo y empecé a tirar, lanzaba y apuntaba los aciertos y errores. Cuando hubo más canastas que fallos daba un paso más atrás y seguía. Así hasta llegar al centro del campo. Al cabo de dos horas era capaz de encestar 3 de cada 10 lanzamientos desde el centro del campo. Ese día traté con la derrota, la acepté, la dejé entrar en casa, hablamos un rato y la convertí en mi amante.

Joan Gallardo. Fuerza, Motivación e Inconformismo.


Fuente: http://joangallardo.blogspot.com.es/2013/12/ama-tus-derrotas.html?m=1

viernes, 27 de diciembre de 2013

PENSAR DEMASIADO EN LOS DEMÁS

Maria
María tiene 25 años. Es la hija pequeña de una familia en la que, en apariencia, no hay grandes problemas entre los miembros de la misma; no hay problemas económicos, y en realidad, todo parece bastante armónico.
Maria estuvo en el colegio cuando era pequeña y después estudió en el Instituto con buenos resultados. También fue a la Universidad y por supuesto con los mismos excelentes resultados.
En cuanto terminó sus estudios empezó a trabajar en lo que se puede considerar un buen trabajo, por méritos propios, a pesar de que su padre también trabajaba en la misma empresa.

María tiene amigas y amigos, y tiene novio como cabe esperar. Sale, se divierte, trabaja y realiza todas las actividades propias de su edad.
Como es bastante trabajadora comenzó a estudiar otra carrera universitaria para ampliar sus conocimientos, y le iba bastante bien.
Ha seguido los pasos de una "buena hija", uno por uno y su vida transcurría sin sobresaltos. En un futuro no muy lejano, posiblemente se casaría, posiblemente tendría hijos y, posiblemente, todo permanecería dentro de una estructura social estable. Pero un día su novio rompe su relación con ella y María comienza a sentirse muy mal. Ya nada le gusta, nada le apasiona, no disfruta con nada, no quiere salir con los amigos, le cuesta ir a trabajar(aunque es el único lugar en donde se distrae), y ya no quiere estudiar más. Tiene miedo al futuro.
Está triste, pero sobre todo, su vida se ha desestructurado. Parece que las cosas han perdido su sentido y no comprende por qué si siempre ha hecho lo que debía, lo que ha aprendido que es correcto.
Maria acaba de darse cuenta de que no sabe quién es ella, no sabe dónde está María, y tiene miedo.

Pilar
Pilar tiene 40 años. Es la hija pequeña de una familia en la que hay dos varones mayores que ella.
Cuando ella era pequeña sus padres tenían problemas entre ellos. Su padre bebía y maltrataba a su madre y a sus hermanos.
En su familia ella "debía de ser la mujercita de la casa". Sus padres trataban y consideraban de forma diferente a los varones y a las mujeres. Y ella aprendió a trabajar en su casa, a cuidar a los demás y también aprendió a callar y a esconderse para no provocar la ira de su padre.
Tuvo una escolarización normal y renunció a seguir estudiando porque sus hermanos no lo habían hecho, por lo tanto su obligación era trabajar como ellos, aunque a ella le hubiera gustado seguir estudiando.
Posteriormente encontró novio y se casó, aunque cuando era joven tuvo dificultades para salir con la gente a divertirse ya que se consideraba que una chica debía llegar a casa pronto y no "excederse" en nada.
Como su padre y su madre se llevaban mal, ella dormía con su madre hasta que se caso. Luego tuvo una hija y un hijo, que ahora tienen 13 y 9 años respectivamente. Pilar tiene, en principio, un carácter alegre y extrovertido, pero aprendió a callar y ceder en su casa y siguió callando y cediendo en su matrimonio hasta que cayó en una depresión, un trastorno obsesivo-compulsivo, un trastorno de ansiedad y también de dependencia (este último ya existía anteriormente).
- ¿Por qué? ¿Qué me ocurre?.
- "No debo ser una buena madre ni esposa ni hija".
Su padre ya murió y su madre ahora está enferma. Sus hermanos se desentienden de su madre pero ella no; ella todos los días va a su casa a hablar con ella y ayudarla porque es su "obligación". Y, aún así, se siente culpable porque no hace lo suficiente, porque su madre se puede morir.
Pilar es su padre, su madre, su marido, sus hijos... y, ¿dónde está Pilar en realidad?,
¿quién es ella de verdad?.
No lo sabe porque nunca ha sido ella misma, sólo lo que los demás han querido que ella sea
Tiene miedo al futuro, al presente, a vivir, a casi todo, y sobre todo a descubrir por primera vez quién es ella.

Amparo
Amparo es una mujer de 48 años. Tiene un hermano mayor que ella y otro menor. Su familia vive en un pueblo en donde todos se conocen.
Su infancia fue normal. Realizó sus estudios y ahora es profesora de un Instituto. Cuando terminó sus estudios sus padres tuvieron problemas económicos de modo que ella, sin pensarlo mucho, empezó a colaborar con la familia económicamente. Pero su colaboración siguió y mientras sus hermanos se casaban o vivían su vida, ella no, no se preocupaba de ella misma.
Ahora sus padres han envejecido, su padre tiene sufre una enfermedad mental degenerativa, y ella se los llevó cerca para poder cuidarlos en la medida en que su trabajo se lo permite.
Pero ahora Amparo se ahoga en su pueblo; está atrapada con unos padres viejos y enfermos.
Sus hermanos no entienden sus quejas puesto que ella eligió cuidarles. Ahora ella se pregunta por el sentido de su vida y por su futuro.
Amparo está deprimida. Se siente atrapada dentro de una cárcel que ella misma construyó sin darse cuenta porque cuando los demás se divertían, salían, se emparejaban, se construían su vida, ella estaba ocupada ayudando a su familia.
- ¿Y ahora qué? ¿qué puedo esperar que ocurra? ¿qué es mi vida?.
- ¿Cuándo podrá ser Amparo?

Las convenciones sociales
María, Pilar y Amparo, ¿qué tienen en común?.
Las tres han estado convencidas, han asumido que debían ser unas buenas niñas, unas buenas hijas, y sus vidas serían satisfactorias al obrar en consecuencia.
No hicieron en su momento una revisión de estas creencias básicas ni de las consecuencias que estas podrían tener sobre sus vidas.
Para los demás es muy cómodo, perfecto diría yo, cuando una mujer mantiene estas creencias, que aseguran cuidados, sumisión, ayuda incondicional, ausencia de grandes conflictos y que todo esté "en orden", tal y como mandan las "buenas maneras" de la sociedad.
Pero las consecuencias para estas mujeres devienen en: falta de autonomía, falta de identidad propia, falta de control sobre sus propias vidas, falta de autoestima y diversos trastornos psicológicos.
Por eso, cuando el equipaje que han ido cargando poco a poco, a lo largo del tiempo y este se ha ido haciendo demasiado pesado, van apareciendo síntomas. Y estos se van convirtiendo en trastornos tales como depresión, ansiedad, dependencia, evitación, obsesiones, compulsiones... Pueden llegar a sufrir muchos problemas porque pesa demasiado, y es difícil para ellas ver cuando comienzan a surgir los problemas, si se vive en una sociedad que apoya estos comportamientos tratándolos como los más deseables y correctos.
Estas mujeres son, en muchas ocasiones, sociables, les gusta la gente, y ellas gustan a los demás porque no crean conflictos, ayudan siempre que se les necesita e incluso antes de que nadie lo pida. Efectivamente son "buenas amigas" "novias", "hijas", "madres", "esposas... pero renunciando a su YO.
No ponen límites y dejan fácilmente que los demás les invadan el terreno. No saben decir "no", y acceden a las peticiones de los demás sin cuestionarlas. Y a sus intereses, renunciando a los propios, a sus preferencias... y a casi todo.
Se trata de vivir por y para los demás; que los demás estén contentos, y desde luego, algunos suelen estarlo con esta actitud de renuncia, pero, ni aun así. Muchas veces no están suficientemente contentos. Es como llenar una bolsa que tiene un agujero y por mucho que se meta en ella nunca se llena.
Viven pensando que de esta manera serán queridas y aceptadas por los demás, pagando un precio muy alto por este supuesto cariño que no es más que egoísmo y comodidad de algunas personas
Ellas lo aprendieron de pequeñas de diferentes formas y lo mantienen porque tienen mucho miedo a no ser queridas, a perder a los demás si se atreven a pedir lo que les corresponde, a ser rechazadas si se niegan a algo.
Tienen miedo de perder aquello que nunca han tenido.
Nunca tuvieron el cariño verdadero de los demás, porque no les quieren a ellas por lo que son, por ser ellas mismas, sino porque les complacen, porque acceden, porque son una imagen irreal creada para el gusto de los demás. Y no pueden saber qué personas les aprecian de verdad porque están en una trampa de hipocresía y mentira con toda su dureza. Con una máscara no se puede conocer bien a las personas.
Estas mujeres cayeron en lo que McKay, Daves y Fanning llaman "la Falacia de la Recompensa Divina".
La Falacia de la recompensa divina consiste en un estilo de pensamiento que se caracteriza por creer que si una persona trabaja, se sacrifica y hace lo "conecto" se verá recompensada de alguna manera por hacerlo "bien".
Se llama falacia precisamente porque esto no ocurre. Cuanto más se sacrifica la persona por los demás, más les acostumbra a que este comportamiento es lo normal y por lo tanto no merece ningún reconocimiento especial.
Una mujer decía: "Nunca me he atrevido a llevar la contraria a mi madre. Si alguna vez lo he hecho, las consecuencias han sido malas, Pero, a la larga, ha sido peor el hacer siempre sus deseos, Y esa ocultación de los sentimientos para evitar broncas, al final sale".
Qué razón tenía cuando hurgando en su pasado llegó a la conclusión de que sus actitudes presentes se habían forjado ya en su niñez, y que ella sin saberlo, seguía repitiendo los mismos comportamientos.
Ellas ayudan, llaman por teléfono para preguntar e interesarse por las vidas de sus seres queridos, les acogen en sus casas, les cuidan si están enfermos y se sienten. , responsables de su "felicidad".
Pero la "felicidad" (en el sentido humano de la palabra, y no como abstracción) sólo es posible alcanzarla por uno mismo. Nadie da la felicidad a nadie.
Por eso ellas siempre se sienten insatisfechas. En primer lugar, por cargar con una responsabilidad que no les corresponde, y que de todas formas no tienen el poder de satisfacer. Y en segundo lugar, y como consecuencia de ello, no se ocupan de lo que sí es su responsabilidad, y es el buscar su propia "felicidad", su propio camino.
Ocuparse de los demás cuando lo necesitan es lógico, pero no por sistema, y no poniendo los intereses de los demás y su satisfacción por delante de los nuestros, y de nuestras necesidades, inclusive muchas veces, las más básicas que las pasamos por alto.
Frecuentemente se encuentran que cuando ellas necesitan ayuda o están enfermas, o se permiten desear algo, no son correspondidas como ellas pensaban que lo sedan. Esto implica muchas veces un sentimiento de frustración cuando ocurre, y a veces de rabia porque es entonces cuando perciben que los demás están demasiado ocupados en sus cosas como para preocuparse por ellas como ellas lo hacen normalmente por los demás. Otras veces, esto no ocurre porque evitan la ocasión. Es decir, no piden nada, no esperan nada y así no existe la posibilidad de sentirse desilusionadas. Este es el conformismo típico de las personas que se anulan a sí mismas.
Este es el precio que se paga por querer ser "una buena niña" y todo lo que conlleva el ver la vida de esta forma.
Se vive sin vivir nada más que a través de los otros; con sentimientos de culpa porque nunca se consigue gustar tanto, complacer tanto a los demás, porque tanta responsabilidad abruma, deprime, provoca ansiedad y crea dependencia de los otros hacia la persona que intenta complacer, y de la persona que quiere complacer hacia los otros, y hacia el mismo hecho de complacer.
Es como si no preocuparse constantemente de los demás les convirtiera en "malas personas", y si alguna vez intentan buscar su propia "felicidad" encuentran un gran vacío y mucha inquietud. Vacío porque no han aprendido cómo hacerlo ni en qué consiste, e inquietud porque se consideran egoístas y perversas por ello.
Resignarse ha sido la palabra de su vida, y la buena causa, la "felicidad" de los demás y el agradarles.
Tiempo y más tiempo de sus vidas perdido sin posible recuperación; por lo menos hasta que no pongan en tela de juicio estas creencias.

Cambiar las "creencias"
Muchas mujeres han quedado presas con estas creencias y las han arrastrado durante todas sus vidas sin, por supuesto, obtener recompensa, pero sí han convertido sus vidas en un sabor amargo.
Otras, han podido y podrán liberarse de ellas consiguiendo una vida más plena, más satisfactoria, menos abrumadora y más digna de ser vivida. Con menos ataduras y más flexibilidad y creatividad.

Entonces, ¿se puede cambiar esto?.
Si, por supuesto, y para ello es necesario romper la creencia de que es malo desear cosas para una misma. No hay que esconderse más en el dormitorio, en la sonrisa falsa, en el acceder a todo, en querer evitar discusiones a toda costa, en aparentar que nos gusta todo lo que dicen los demás, en la vergüenza de decir lo que se piensa, de tener opiniones propias y de ser autónomas. No esconderse en nada y aceptar que nos critiquen o no gustemos tanto a la gente, pero ser YO. Sí, ser María, o Pilar, o Amparo.
Hay que buscar lo que nos agrada y buscar dentro de nosotras mismas cuales son nuestras opiniones, nuestros gustos, lo que rechazamos y expresarlo sin miedo porque es nuestro, porque eso es lo que nos hace ser Yo y no el Otro.
Para ser Yo, hay que respetarse y una vez nos respetamos a nosotras mismas, conseguimos que los demás nos respeten, porque merecemos ese respeto, porque somos personas únicas y valiosas. Y porque si nosotros podemos y debemos respetar al otro, esto es en la medida en que el otro me respeta a mí.


Revisemos pues nuestras creencias.
- ¿Qué es ser buena hija para mí? ¿En qué consiste exactamente?
- ¿En qué consiste ser una buena esposa, compañera, etc?
- ¿En qué consiste ser una buena madre?
- ¿En qué consiste ser una buena amiga?
¿Estoy siendo yo misma cuando me comporto como:
a) "buena hija"?
b) "buena esposa /compañera..."?
c) "buena amiga"?
- ¿Qué perdería si cambiara estos comportamientos?
- ¿Qué ganaría si cambiara estos comportamientos?
- ¿Me respetan los demás?
- ¿Qué puedo hacer para que me quieran por mi misma?(Pasos concretos)
- ¿Puedo sustituir las creencias que me hacen daño por otras más sanas?

Recuerda:
Si me miento, No me Respeto. Si yo No me respeto, yo no soy YO.
SI NO ME RESPETO, NO ME RESPETARAN.

Carmen Rausell Iglesias
Psicóloga cognitivo-conductual

domingo, 22 de diciembre de 2013

CÓMO APRENDER A PEDIR PERDÓN

Admitámoslo -no siempre es fácil llevarse bien con los hermanos, los padres y los amigos. Nadie es perfecto, y todos hacemos a veces cosas que nos hacen meternos en problemas. Aprender a pedir perdón puede ayudarnos mucho.

Pedir perdón es lo mismo que disculparse. Al pedir disculpas, una persona está diciendo que siente o le sabe mal el daño que ha causado, incluso aunque no lo haya hecho a adrede. Cuando una persona se disculpa, también puede añadir que intentará enmendarse en el futuro. Asimismo, la disculpa también puede ir acompañada de una promesa de reparar o sustituir lo que se ha roto, o la persona se puede retractar de algo que ha dicho.

 

 

¿Qué efecto tiene?


Cuando le pides perdón a alguien -y lo haces sinceramente- significa que te has detenido a pensar en cómo puede haberse sentido esa persona por algo que tú has dicho o hecho. Cuando te detienes a pensar en los sentimientos de otra persona, empieza a saberte mal tu comportamiento. Y, si has hecho algo que sabías que estaba mal, es posible que hasta te avergüences de ello.

Incluso aunque lo que ha ocurrido haya sido un accidente o lo hayas hecho sin querer, probablemente te seguirá sabiendo mal haber herido los sentimientos de otra persona. Después de disculparte, es posible que te sientas un poco mejor (lo que probablemente también le ocurrirá a quien reciba tus disculpas). Cuando una persona pide disculpas con tacto, lo más probable es que se sienta mejor por haber intentando arreglar las cosas.

 

 

¿Cómo se disculpa uno?


Hay muchas formas diferentes de pedir perdón. He aquí algunos ejemplos:
  • "Me sabe muy mal haberte dicho algo tan feo."
  • "Siento haberte perdido el libro."
  • "Perdí los estribos, pero no debería haberte dicho lo que dije. Lo siento."
  • "Siento haber herido tus sentimientos."
  • "Siento haberte chillado."
  • "Me sabe fatal haberte pegado cuando perdí el control. Me he pasado. No volverá a ocurrir."
  • "Lamento haber enviado el mensaje que te envié."


Cuando pidas disculpas a alguien, es posible que esa persona también se disculpe contigo. Por ejemplo, te puede decir: "No tiene importancia. Yo también lo siento. No debería haberme metido contigo". Y es posible que luego volváis a ser tan amigos como antes.

 

 

¿Cuándo debería disculparme?


Es posible que te tengas que disculpar cuando hagas daño a alguien, hieras sus sentimientos, o pierdas algo que le pertenece. También puedes tener que hacerlo si rompes algo (incluso accidentalmente) o si haces algo que sabías que estaba mal -como mentir o saltarte una norma adrede. Y también si haces algo que tus padres te han prohibido o no haces algo que se supone que deberías hacer.

Puedes tener que disculparte ante otro niño o ante un adulto. Los adultos también pueden pedir perdón -a otro adulto o a un niño. Después de todo, ellos también cometen errores de vez en cuando. Disculpándose cuando han actuando mal, los adultos pueden dar un buen ejemplo y enseñar a los niños a hacer lo correcto y a pedir perdón cuando es necesario.

 

 

¿Y si estabas enfadado?


Todos nos enfadamos con otras personas de vez en cuando. Enfadarse no es malo -y no es nada por lo que nos debamos disculpar- pero es importante saber cómo debemos decirle a la persona con quien nos hemos enfadado por qué nos hemos enfadado.

Cuando los niños pequeños se enfadan, pueden pegarse, darse patadas o chillarse. No tienen mucho autocontrol, y pueden no haber aprendido todavía que está mal pegar a otra persona cuando uno está enfadado. Pero, cuando crecen y aprenden a utilizar palabras, saben que es mejor hablar que pegar, dar patadas o chillar cuando uno está enfadado. Aprenden a expresar sus sentimientos verbalmente, es decir, con palabras. Por supuesto, las palabras que emplean cuando están enfadados pueden ser más fuertes o duras de lo habitual -pero no es preciso que sean despreciativas o insultantes. Puedes decirle a una persona que estás enfadado sin dejarla por los suelos ni insultarla. Puedes expresar cómo te sientes con sinceridad sin ser maleducado.

Pero a veces te domina el enfado y puedes llegar a perder el autocontrol. Cuando pierdes los estribos, puedes decir cosas desagradables, insultar, empujar o pegar a otro niño. Pero después probablemente te darás cuenta de que, incluso aunque tuvieras derecho a enfadarte, no te has comportado correctamente. Será entonces cuando, sin lugar a dudas, deberías disculparte.

 

 

¿Una disculpa lo arregla todo?


Pedir perdón cuando uno necesita hacerlo es lo correcto. Disculparse es una buena cosa. Pero, en sí, puede no bastar para que todo vuelva a ser como antes. A veces, junto con la disculpa, la persona necesita reparar el error o decir que intentará no volverlo a hacer nunca más. A veces, tener un detalle con la persona después de disculparte ayuda a hacerle ver que lo sientes realmente y quieres volver a ser su amigo.

A veces, un "lo siento" sincero lo arregla todo inmediatamente. Otras veces, una persona puede tardar cierto tiempo después de recibir tus disculpas en sentirse tan cerca de ti como antes. Tal vez tengas que darle tiempo. Incluso después de haber pedido perdón, es posible que siga sabiéndote mal lo que dijiste o hiciste -pero podrás estar satisfecho por haberte disculpado y haber tomado la decisión de mejorar.

Cuando alguien te pida perdón por algo, es posible que no te sientas con ganas de volver a ser su amigo inmediatamente. También es posible que, si una persona que se ha portado mal contigo repetidamente no cambia, dejes de querer ser su amigo. Tal vez encuentres un alivio por el hecho de que esa persona se te haya disculpado -y te alegres de que, por lo menos, se haya dado cuenta de que se portó mal contigo. Pero, si sigue hiriendo tus sentimientos o comportándose de un modo que te hace daño, es posible que las cosas nunca vuelvan a ser como antes. El mero hecho de que una persona se disculpe contigo no significa que estés obligado a volver a ser su amigo. Eso es algo que sólo depende de ti.


Fuente: http://kidshealth.org/kid/en_espanol/sentimientos/sorry_esp.html

sábado, 21 de diciembre de 2013

PERDONAR, PEDIR PERDÓN

Experimentar el perdón es algo que nos hace crecer, tanto cuando lo otorgamos como cuando lo pedimos. Y en relación a este acto cabe hacer algunas apreciaciones.

A veces equivocadamente se confunde perdonar con el “no pensar en…” en intentar olvidar la ofensa y quien nos ofendió, pero basta que el recuerdo aflore para que nos carguemos de malos pensamientos, de odio tal vez o venganza quizás. Entonces no hemos perdonado aún. Perdonar no significa siquiera que expresemos esta idea a la persona que nos ofendió. Es posible que no tengamos contacto con ella, es posible que ni siquiera quiera vernos… perdonar significa que nuestra actitud para con ella será la que se tiene con una persona a la que se aprecia, por la que nos interesamos sinceramente. De hecho el perdón puede ser concedido sin decir una palabra, pues puede bastar una simple sonrisa para demostrar que en nuestro interior no se guarda ningún rencor. Eso basta.

Sin embargo pedir perdón es en primer lugar una intención del alma, pero eso sólo  no nos bastará. No sirve  simplemente con un arrepentimiento interior, una intención que reconoce un error cometido. Es necesario actuar, es necesario acercarnos a la persona a la que ofendimos y expresar nuestro arrepentimiento y nuestra humilde solicitud de perdón. Sin este esfuerzo no creceremos interiormente puesto que este paso exige muchas cosas de nosotros mismos pero es también y sobre todo una gran expansión de nuestra capacidad de amar, de entender al prójimo. En este caso no basta un simple deseo porque en gran medida el daño causado podrá verse mitigado por nuestra solicitud y además facilitamos al ofendido la posibilidad de crecer también él en amor al brindarnos el perdón.

Pero tanto en un caso como en otro sucederá que los beneficios de perdonar o pedir perdón ocurrirán en nosotros independientemente de que el ofensor o el ofendido acepten nuestro perdón o nos perdonen porque nuestra alma se mueve en la dirección correcta si todo se hace con recta intención y es que, esta consideración da pie a un interesante descubrimiento: cuando nos movemos en el ámbito espiritual, siempre, siempre, siempre, la pelota está en nuestro tejado. Esto es, independientemente de quien tenga razón, de lo que haya sucedido, de cómo me sienta, el que yo pueda alcanzar la paz interior dependerá de los actos o las intenciones hacia las que se encamine mi alma, mis pensamientos. Si me han ofendido no hace falta que me pidan perdón para yo perdonar sinceramente. Si he ofendido, no hace falta que me perdonen para yo pedir perdón sinceramente. Y cuando actuamos con esa sincera intención siempre alcanzaremos la paz.

A veces las situaciones se enredan y a menudo, por nuestra compleja naturaleza, una situación se complica y es imposible desenredarla sin un doble esfuerzo. Un ejemplo habitual es una discusión de pareja en la que ambos acaban extralimitándose en sus palabras. Llega un momento en que el cruce de ofensas se ha producido y tendremos que perdonar a la vez que pedir perdón a la misma persona. Es importante descubrir que no es un simple intercambio de perdones, “yo te perdono si tú me perdonas”, sino que se trata de una actitud independiente de lo que haga el otro. Crecer en amor, superar este obstáculo o este peldaño de nuestro castillo interior, supone aprender a perdonar y a pedir perdón con todo el corazón, sin reservas.

He hecho antes mención de que de nada sirve un arrepentimiento interior y un ánimo de enmienda si cuando admitimos un error, una ofensa producida, no expresamos nuestro deseo de perdón a la persona ofendida. Es muy lógico porque si no lo hiciéramos no estaríamos intentando al menos, reparar el mal. De la misma manera que todos sabemos que una víctima sufre aún más si ve que su verdugo no muestra la más mínima señal de arrepentimiento sucede que una señal de arrepentimiento libra a la víctima de parte del dolor siempre que consiga perdonar. Esta acción, el expresar el arrepentimiento, tiene una notable repercusión pues en cierto sentido entiendo que escenifica lo que es el sacramento de la confesión, que no es sino la escenificación de las intenciones del alma, arrepentimiento y ánimo de enmienda, expresadas verbalmente de forma que formalizan tanto esa solicitud de perdón como el perdón mismo concedido por el sacerdote cuando absuelve. La confesión es el medio mostrado por Jesús para lograr el perdón de Dios, instituido cuando dijo ” a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados y a quienes se los retengáis les serán retenidos”.

Fuente: http://sietecirculos.wordpress.com/cuarto-circulo/perdonar-pedir-perdon/


miércoles, 18 de diciembre de 2013

¿SE PUEDE HEREDAR EL MIEDO?

La epigenética, la disciplina que estudia los modos en que el ambiente interviene en la expresión de los genes, viene ganando impulso en diversas áreas de estudio, desde la medicina hasta la psicología del comportamiento. National Geographic publicó un artículo con un estudio fascinante sobre la posibilidad de la transmisión genética de los miedos.

 

La investigación aún requiere ser repetida, por lo que cualquier conclusión basada en ella sería apresurada, pero de todos modos nos aporta una idea provocativa: qué pasaría si los miedos pudieran ser transmitidos por herencia -y no por herencia cultural o social, sino genética.

 

En el ámbito de la psicología, varias corrientes se están ocupando activamente en acercar la ciencia evolutiva a la psicología (y quizá valga la pena recordar los esfuerzos de la Asociación para Ciencia Contextual Conductual en esta área), en un impulso que seguramente veremos crecer en los próximos años.


A continuación, el artículo:


Los ratones heredan el miedo de sus padres


No hay duda de que el trauma se transmite de una generación a la siguiente.

En un ejemplo muy difundido, investigadores de Nueva York estudiaron varias docenas de mujeres que estaban embarazadas el 11 de septiembre de 2001 y que habían estado cercanas a los ataques terroristas. Algunas de estas mujeres desarrollaron trastorno de estrés postraumático (TEPT), y este grupo exhibió niveles más bajos de la hormona del estrés (cortisol) en su saliva que aquellas mujeres que no desarrollaron TEPT. Pero aquí está el asunto: A los 9 meses de edad, los bebés de las mujeres con TEPT tuvieron niveles de cortisol significativamente más bajos que los bebés de madres sanas.

En un trabajo anterior, los mismos investigadores habían reportado niveles bajos de cortisol en los hijos adultos de los sobrevivientes del Holocausto con TEPT. Y en otro estudio, el grupo de Kerry Ressler en la Universidad de Emory demostró que la llamada ” respuesta de sobresalto ” a un estímulo repentino – un indicador de ansiedad – es más pronunciada en los niños cuyas madres fueron maltratadas físicamente de niñas que en aquellos cuyas madres no fueron abusadas. Y podría seguir dando ejemplos.

Pero, ¿cómo, exactamente, el estrés de los padres puede dejar una impresión tan profunda en su progenie ?

¿Cómo, exactamente, el estrés de los padres puede dejar una impresión tan profunda en su progenie?


miedo-geneticaParte de ello es la crianza. La tristeza y el estrés de los padres afecta naturalmente la forma en que interactúan con otras personas, incluyendo sus hijos. El estudio del Holocausto, de hecho, encontró que los sobrevivientes con TEPT tendían a abusar emocionalmente o a descuidar a sus hijos. Y sabemos por algunos notables experimentos en ratas que el cuidado de los padres afecta a los genes de la descendencia: las crías  de ratas que recibieron una gran cantidad de cuidados y aseo personal por parte de sus madres muestran cambios distintivos en su epigenoma , los marcadores químicos que se unen al ADN y puede activar o desactivar genes . Las crías desatendidas, por el contrario, no muestran estos cambios epigenéticos.

Ahora un nuevo fascinante estudio revela que no es sólo la crianza. Las experiencias traumáticas en realidad sí pueden actuar en la línea germinal. Cuando un ratón macho adquiere miedo a un olor específico, este miedo se transmite de alguna manera en su esperma, según sugiere el estudio. Sus crías también tendrán miedo del olor y, a su vez, pasarán el miedo a sus crías.

Sus crías también tendrán miedo del olor y, a su vez, pasarán el miedo a sus crías


“Los padres transfieren información a su descendencia, y lo hacen incluso antes de que los hijos sean concebidos”, dijo Brian Dias, un becario postdoctoral en el laboratorio de Ressler, en una estimulante charla sobre estos datos aun no publicados, el martes en la Sociedad de Neurociencia en San Diego.

¿Y por qué, evolutivamente, pasaría un padre esa información específica? “Porque de este modo, cuando los hijos o generaciones sucesivas, se encuentren con ese medio ambiente en el futuro, sabrán cómo comportarse en consecuencia”, dijo Dias.

Los investigadores hicieron que los ratones tuvieran miedo de ciertos olores asociándolos con un shock eléctrico leve en el pie. En un estudio publicado hace unos años, Ressler demostró que este tipo de aprendizaje del miedo es específico : los ratones entrenados para temer un olor particular, muestran un aumento de sobresalto para ese el olor, pero no ante otros. Más aún, este aprendizaje cambia la organización de las neuronas en la nariz del animal, dando lugar a más células sensibles a ese olor en particular.

Dias entrenó a los ratones a temer la acetofenona – que, de acuerdo con este químico, huele “como una flor de naranja con un poco de cereza artificial” – durante tres días, luego esperó 10 días y permitió que los animales se aparearan. La descendencia (conocida como la generación F1 ) mostró un mayor respuesta de sobresalto ante la acetofenona (sin descarga asociada) a pesar de que nunca se habían encontrado con el olor antes. Y su reacción es específica : no se sobresaltaron con un olor diferente, el propanol (que huele a alcohol). Es más, los investigadores encontraron lo mismo en los hijos de la generación F1 (llamada F2).

Los científicos también observaron los cerebros de los animales F1 y F2. Cuando la generación de los abuelos es entrenada para temer la acetofenona, las generaciones F1 y F2 tienen más “neuronas M71” en sus narices, dijo Dias. Estas células contienen un receptor que detecta acetofenona. Sus cerebros también tienen mayor "glomérulos M71", una región del bulbo olfatorio que responde a este olor.” De tal palo tal astilla, estamos encontrando alguna información ancestral”, dijo Dias. ” Pero, ¿cómo es que esto sucede? ”

“Hay algo en el esperma”


Su equipo realizó un experimento de fertilización in vitro (FIV), en el que los animales fueron entrenados para temer la acetofenona y 10 días más tarde recogieron su esperma. Enviaron el esperma a otro laboratorio cruzando el campus, donde fue utilizado para inseminar artificialmente hembras de ratón. A continuación, los investigadores analizaron los cerebros de las crías”. Lo que es sorprendente es que los resultados neuroanatómicos persisten después de la FIV”, dijo Dias. “Hay algo en el esperma”.

He estado en un montón de charlas científicas. El entusiasmo en torno a éste fue notable, con muchos científicos susurrando sobre él en la habitación y murmurando más fuertemente en los pasillos exteriores.

Pero sé lo que estás pensando. Fue la primera pregunta que Dias recibió por parte del público después de la charla: “¿Tiene usted alguna idea de cómo se transmite esta información almacenada en el cerebro a las gónadas”, le preguntaron.

La respuesta corta es que los investigadores no tienen ni idea, a pesar de que han pensado en varias explicaciones posibles. Al parecer, un estudio en gatos y palomas mostró que después de percibir un olor, las moléculas receptoras odoríferas pueden entrar en el torrente sanguíneo, y otros estudios han informado de receptores de olor en el esperma. Así que tal vez las moléculas del olor entran en el torrente sanguíneo y se dirigen al esperma. Otra posibilidad es que los microRNAs – moléculas de ARN pequeños que participan en la expresión génica – entren en el torrente sanguíneo y entreguen la información de olor a los espermatozoides.

Por ahora, sin embargo, Dias dijo: ” esas son dos hipótesis de ciencia ficción. “


Fuente: http://psyciencia.com/2013/11/18/se-puede-heredar-el-miedo/