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lunes, 6 de enero de 2014

Nuestra mente y la salud

Cuando estamos absortos imaginando una fantasía sexual, nuestro cuerpo puede responder como si estuviera teniendo esa experiencia; la mera suposición anticipada de un encuentro hostil puede hacer subir la presión sanguínea; conjeturar una situación que nos provoca temor acelera nuestro ritmo cardiaco… Estos ejemplos muestran que la relación entre lo que proyectamos en nuestra mente y la respuesta fisiológica y corporal es evidente. Del mismo modo, cuando suponemos que algo ocurre, nues­­tro cuerpo responde como si estuviera sucediendo en la realidad. Si cambiamos lo que imaginamos por algo más positivo, podemos influir directamente en la situación.

Numerosos estudios muestran que las imágenes construidas conscientemente pueden llevar a efectos tales como un aumento de la glucosa en sangre, la formación de ampollas, mayor secreción de ácido gástrico, y cambios en la temperatura de la piel y en el tamaño de las pupilas. Está claro que el cuerpo y la mente constituyen un sistema unificado e interdependiente. El poder de la creencia y de la imagen que mantenemos asociada a ella nos ayuda a mejorar nuestra salud cuando son positivas. En cambio, cuando son negativas, se incrementa nuestro malestar.

El esfuerzo creativo. A veces recurrimos a recuerdos negativos de situaciones que hemos vivido que nos hacen mantener una visión nociva de lo que puede ocurrir. En casos así debemos hacer un esfuerzo creativo para llegar a enfoques positivos. Podemos lograrlo descubriendo en nuestro pasado experiencias de superación y recurriendo a ellas, o bien imaginando un futuro mejor. Esto tendrá consecuencias saludables a todos los niveles: mental, corporal, emocional y relacional.

Alimentar la confianza. Los medicamentos actúan en ocasiones con un efecto placebo. Son productos que quizá no tienen una elevada repercusión fisiológica, pero son curativos porque el enfermo está convencido de que esa será su consecuencia. El efecto placebo se da, por ejemplo, cuando el médico transmite una imagen de futuro positivo al paciente. Esto alimenta su confianza y su esperanza. Con ello, el paciente cree en el resultado que obtendrá y, así, lo atrae y lo genera. Es decir, el resultado fisiológico de los pensamientos afecta directamente a la salud.

David Cooperrider, creador e impulsor de la Indagación Apreciativa, en su artículo sobre imagen positiva-acción positiva afirma: “La respuesta placebo es un proceso fascinante y complejo en el cual las imágenes proyectadas, tal como se reflejan por una creencia positiva en la eficacia de un remedio, provocan una respuesta curativa que puede ser tan poderosa como la terapia convencional. Aunque el fenómeno del placebo ha sido controvertido durante casi veinte años, la mayoría de los médicos aceptan hoy día como genuino el hecho de que entre uno y dos tercios de todos los pacientes tendrán una mejoría marcada fisiológica y emocional en sus síntomas simplemente creyendo que se les está dando un tratamiento efectivo” (Beecher, 1955; White, Tursky y Schwartz, 1985).

Norman Cousins, miembro de la Facultad de la Escuela de Medicina de UCLA (Universidad de California, Los Ángeles), en su obra Las opciones humanas (1981), sugiere que, más allá del sistema nervioso central, del hormonal y del inmunológico, hay otros dos que no se han tenido en cuenta convencionalmente, pero que deben reconocerse como esenciales para el buen funcionamiento del ser humano: el curativo, y el sistema de creencias. Cousins argumenta que los dos trabajan juntos: “El curativo es la forma en la que el cuerpo moviliza todos sus recursos para combatir la enfermedad. El de creencias es, a menudo, el activador del sistema curativo”.

La investigación en muchas áreas confirma este punto de vista y muestra que las respuestas placebo no son místicas ni inconsecuentes, y que las respuestas mentales y psicofisiológicas pueden ser canalizadas a través de más de cincuenta mensajeros moleculares neuropéptidos que enlazan los sistemas nerviosos, endocrino, autónomo y central (White, Tursky y Shwartz, 1985).

Una experiencia personal. He comprobado en carne propia los beneficios de mantener creencias e imágenes positivas sobre mi situación corporal. Sin ir más lejos, en 2011 tuve un accidente de moto en el centro de la ciudad de Barcelona. El impacto afectó a nueve vértebras, con fracturas, aplastamientos y fisuras de diversa consideración. Utilicé de inmediato la visión positiva: ¡Estoy viva! ¡Respiro! Un sentimiento de agradecimiento se apoderó de mí mientras aún yacía en la calle.

El pronóstico fue que debía pasar tres meses en posición horizontal, sin poder doblarme. Me vi obligada a ponerme un corsé de hierro para poder mantenerme en posición vertical, pero procurando no estar más de 30 minutos al día de pie. Después de tres meses en cama tuve una larga recuperación, que duró otros tantos debido a la pérdida de tono muscular provocada por la inmovilización.

El traumatólogo estudió la primera resonancia magnética después del accidente y me dijo que alguna de mis vértebras continuaría aplastada de por vida. Decidí desafiar su pronóstico y utilizar el efecto placebo: cada día en meditación visualizaba el crecimiento de mis vértebras y que podía moverme con total flexibilidad. Además seguí un régimen alimenticio que contribuyó a prevenir la descalcificación.

Dos meses y medio más tarde escribía: “Hoy he visto los resultados de las radiografías, y las vértebras que supuestamente tendría aplastadas de por vida han rehecho su altura y las he recuperado al cien por cien. Las vértebras están vivas y han crecido”.

En todo el proceso apliqué lo siguiente:
  • Apreciar el hecho de estar viva. La actitud de agrade­­ci­­miento y aprecio genera bienestar, y ello contribuye a una mejora vital.
  • Visualizar mi futuro con las vértebras restablecidas en su altura y flexibilidad normal. Me visualizaba danzando en el Cirque du Soleil. Veía todo lo positivo que la situación me ofrecía, a saber: meditar, estar con amigos sin prisa, leer, gozar del silencio…
  • Explicaba los beneficios de aquella situación inesperada e indagaba sobre ellos. Así reforzaba lo bueno y lo positivo, manteniendo mi tono vital mental y corporal. Mis preguntas se centraron en: ¿qué puedo aprender de esta situación?, ¿qué puedo descubrir de mí misma?
  • En esencia, apliqué la indagación apreciativa, que se centra en los aspectos que fortalecen la energía, la vitalidad y el bienestar de un sistema, sea este un cuerpo, un grupo, una familia, una organización. En mi caso me centré en todo aquello que daba sentido a mi vida y vitalidad a mi cuerpo.

Ante un malestar, depresión, enfer­­medad, es bueno plantearse preguntas que nos conecten con nuestro cen­­tro vital en vez de preguntas que nutran el malestar. Por ejemplo, ¿qué opor­­tunidades me brinda esta situación? En vez de ¿qué me estoy perdiendo por culpa de esta situación? Visualizarse sano. Invocar la energía saludable. Utilizar imágenes inspiradoras de esperanza y confianza, en vez de imágenes que nos desesperen. Así movilizamos nuestro sistema curativo. Y estar convencido del poder sanador del cuerpo y de la mente. Recuerde: el sistema de creencia activa la curación. Piense que puede mejorar y que su cuerpo tiene la capacidad para lograrlo.


viernes, 27 de diciembre de 2013

PENSAR DEMASIADO EN LOS DEMÁS

Maria
María tiene 25 años. Es la hija pequeña de una familia en la que, en apariencia, no hay grandes problemas entre los miembros de la misma; no hay problemas económicos, y en realidad, todo parece bastante armónico.
Maria estuvo en el colegio cuando era pequeña y después estudió en el Instituto con buenos resultados. También fue a la Universidad y por supuesto con los mismos excelentes resultados.
En cuanto terminó sus estudios empezó a trabajar en lo que se puede considerar un buen trabajo, por méritos propios, a pesar de que su padre también trabajaba en la misma empresa.

María tiene amigas y amigos, y tiene novio como cabe esperar. Sale, se divierte, trabaja y realiza todas las actividades propias de su edad.
Como es bastante trabajadora comenzó a estudiar otra carrera universitaria para ampliar sus conocimientos, y le iba bastante bien.
Ha seguido los pasos de una "buena hija", uno por uno y su vida transcurría sin sobresaltos. En un futuro no muy lejano, posiblemente se casaría, posiblemente tendría hijos y, posiblemente, todo permanecería dentro de una estructura social estable. Pero un día su novio rompe su relación con ella y María comienza a sentirse muy mal. Ya nada le gusta, nada le apasiona, no disfruta con nada, no quiere salir con los amigos, le cuesta ir a trabajar(aunque es el único lugar en donde se distrae), y ya no quiere estudiar más. Tiene miedo al futuro.
Está triste, pero sobre todo, su vida se ha desestructurado. Parece que las cosas han perdido su sentido y no comprende por qué si siempre ha hecho lo que debía, lo que ha aprendido que es correcto.
Maria acaba de darse cuenta de que no sabe quién es ella, no sabe dónde está María, y tiene miedo.

Pilar
Pilar tiene 40 años. Es la hija pequeña de una familia en la que hay dos varones mayores que ella.
Cuando ella era pequeña sus padres tenían problemas entre ellos. Su padre bebía y maltrataba a su madre y a sus hermanos.
En su familia ella "debía de ser la mujercita de la casa". Sus padres trataban y consideraban de forma diferente a los varones y a las mujeres. Y ella aprendió a trabajar en su casa, a cuidar a los demás y también aprendió a callar y a esconderse para no provocar la ira de su padre.
Tuvo una escolarización normal y renunció a seguir estudiando porque sus hermanos no lo habían hecho, por lo tanto su obligación era trabajar como ellos, aunque a ella le hubiera gustado seguir estudiando.
Posteriormente encontró novio y se casó, aunque cuando era joven tuvo dificultades para salir con la gente a divertirse ya que se consideraba que una chica debía llegar a casa pronto y no "excederse" en nada.
Como su padre y su madre se llevaban mal, ella dormía con su madre hasta que se caso. Luego tuvo una hija y un hijo, que ahora tienen 13 y 9 años respectivamente. Pilar tiene, en principio, un carácter alegre y extrovertido, pero aprendió a callar y ceder en su casa y siguió callando y cediendo en su matrimonio hasta que cayó en una depresión, un trastorno obsesivo-compulsivo, un trastorno de ansiedad y también de dependencia (este último ya existía anteriormente).
- ¿Por qué? ¿Qué me ocurre?.
- "No debo ser una buena madre ni esposa ni hija".
Su padre ya murió y su madre ahora está enferma. Sus hermanos se desentienden de su madre pero ella no; ella todos los días va a su casa a hablar con ella y ayudarla porque es su "obligación". Y, aún así, se siente culpable porque no hace lo suficiente, porque su madre se puede morir.
Pilar es su padre, su madre, su marido, sus hijos... y, ¿dónde está Pilar en realidad?,
¿quién es ella de verdad?.
No lo sabe porque nunca ha sido ella misma, sólo lo que los demás han querido que ella sea
Tiene miedo al futuro, al presente, a vivir, a casi todo, y sobre todo a descubrir por primera vez quién es ella.

Amparo
Amparo es una mujer de 48 años. Tiene un hermano mayor que ella y otro menor. Su familia vive en un pueblo en donde todos se conocen.
Su infancia fue normal. Realizó sus estudios y ahora es profesora de un Instituto. Cuando terminó sus estudios sus padres tuvieron problemas económicos de modo que ella, sin pensarlo mucho, empezó a colaborar con la familia económicamente. Pero su colaboración siguió y mientras sus hermanos se casaban o vivían su vida, ella no, no se preocupaba de ella misma.
Ahora sus padres han envejecido, su padre tiene sufre una enfermedad mental degenerativa, y ella se los llevó cerca para poder cuidarlos en la medida en que su trabajo se lo permite.
Pero ahora Amparo se ahoga en su pueblo; está atrapada con unos padres viejos y enfermos.
Sus hermanos no entienden sus quejas puesto que ella eligió cuidarles. Ahora ella se pregunta por el sentido de su vida y por su futuro.
Amparo está deprimida. Se siente atrapada dentro de una cárcel que ella misma construyó sin darse cuenta porque cuando los demás se divertían, salían, se emparejaban, se construían su vida, ella estaba ocupada ayudando a su familia.
- ¿Y ahora qué? ¿qué puedo esperar que ocurra? ¿qué es mi vida?.
- ¿Cuándo podrá ser Amparo?

Las convenciones sociales
María, Pilar y Amparo, ¿qué tienen en común?.
Las tres han estado convencidas, han asumido que debían ser unas buenas niñas, unas buenas hijas, y sus vidas serían satisfactorias al obrar en consecuencia.
No hicieron en su momento una revisión de estas creencias básicas ni de las consecuencias que estas podrían tener sobre sus vidas.
Para los demás es muy cómodo, perfecto diría yo, cuando una mujer mantiene estas creencias, que aseguran cuidados, sumisión, ayuda incondicional, ausencia de grandes conflictos y que todo esté "en orden", tal y como mandan las "buenas maneras" de la sociedad.
Pero las consecuencias para estas mujeres devienen en: falta de autonomía, falta de identidad propia, falta de control sobre sus propias vidas, falta de autoestima y diversos trastornos psicológicos.
Por eso, cuando el equipaje que han ido cargando poco a poco, a lo largo del tiempo y este se ha ido haciendo demasiado pesado, van apareciendo síntomas. Y estos se van convirtiendo en trastornos tales como depresión, ansiedad, dependencia, evitación, obsesiones, compulsiones... Pueden llegar a sufrir muchos problemas porque pesa demasiado, y es difícil para ellas ver cuando comienzan a surgir los problemas, si se vive en una sociedad que apoya estos comportamientos tratándolos como los más deseables y correctos.
Estas mujeres son, en muchas ocasiones, sociables, les gusta la gente, y ellas gustan a los demás porque no crean conflictos, ayudan siempre que se les necesita e incluso antes de que nadie lo pida. Efectivamente son "buenas amigas" "novias", "hijas", "madres", "esposas... pero renunciando a su YO.
No ponen límites y dejan fácilmente que los demás les invadan el terreno. No saben decir "no", y acceden a las peticiones de los demás sin cuestionarlas. Y a sus intereses, renunciando a los propios, a sus preferencias... y a casi todo.
Se trata de vivir por y para los demás; que los demás estén contentos, y desde luego, algunos suelen estarlo con esta actitud de renuncia, pero, ni aun así. Muchas veces no están suficientemente contentos. Es como llenar una bolsa que tiene un agujero y por mucho que se meta en ella nunca se llena.
Viven pensando que de esta manera serán queridas y aceptadas por los demás, pagando un precio muy alto por este supuesto cariño que no es más que egoísmo y comodidad de algunas personas
Ellas lo aprendieron de pequeñas de diferentes formas y lo mantienen porque tienen mucho miedo a no ser queridas, a perder a los demás si se atreven a pedir lo que les corresponde, a ser rechazadas si se niegan a algo.
Tienen miedo de perder aquello que nunca han tenido.
Nunca tuvieron el cariño verdadero de los demás, porque no les quieren a ellas por lo que son, por ser ellas mismas, sino porque les complacen, porque acceden, porque son una imagen irreal creada para el gusto de los demás. Y no pueden saber qué personas les aprecian de verdad porque están en una trampa de hipocresía y mentira con toda su dureza. Con una máscara no se puede conocer bien a las personas.
Estas mujeres cayeron en lo que McKay, Daves y Fanning llaman "la Falacia de la Recompensa Divina".
La Falacia de la recompensa divina consiste en un estilo de pensamiento que se caracteriza por creer que si una persona trabaja, se sacrifica y hace lo "conecto" se verá recompensada de alguna manera por hacerlo "bien".
Se llama falacia precisamente porque esto no ocurre. Cuanto más se sacrifica la persona por los demás, más les acostumbra a que este comportamiento es lo normal y por lo tanto no merece ningún reconocimiento especial.
Una mujer decía: "Nunca me he atrevido a llevar la contraria a mi madre. Si alguna vez lo he hecho, las consecuencias han sido malas, Pero, a la larga, ha sido peor el hacer siempre sus deseos, Y esa ocultación de los sentimientos para evitar broncas, al final sale".
Qué razón tenía cuando hurgando en su pasado llegó a la conclusión de que sus actitudes presentes se habían forjado ya en su niñez, y que ella sin saberlo, seguía repitiendo los mismos comportamientos.
Ellas ayudan, llaman por teléfono para preguntar e interesarse por las vidas de sus seres queridos, les acogen en sus casas, les cuidan si están enfermos y se sienten. , responsables de su "felicidad".
Pero la "felicidad" (en el sentido humano de la palabra, y no como abstracción) sólo es posible alcanzarla por uno mismo. Nadie da la felicidad a nadie.
Por eso ellas siempre se sienten insatisfechas. En primer lugar, por cargar con una responsabilidad que no les corresponde, y que de todas formas no tienen el poder de satisfacer. Y en segundo lugar, y como consecuencia de ello, no se ocupan de lo que sí es su responsabilidad, y es el buscar su propia "felicidad", su propio camino.
Ocuparse de los demás cuando lo necesitan es lógico, pero no por sistema, y no poniendo los intereses de los demás y su satisfacción por delante de los nuestros, y de nuestras necesidades, inclusive muchas veces, las más básicas que las pasamos por alto.
Frecuentemente se encuentran que cuando ellas necesitan ayuda o están enfermas, o se permiten desear algo, no son correspondidas como ellas pensaban que lo sedan. Esto implica muchas veces un sentimiento de frustración cuando ocurre, y a veces de rabia porque es entonces cuando perciben que los demás están demasiado ocupados en sus cosas como para preocuparse por ellas como ellas lo hacen normalmente por los demás. Otras veces, esto no ocurre porque evitan la ocasión. Es decir, no piden nada, no esperan nada y así no existe la posibilidad de sentirse desilusionadas. Este es el conformismo típico de las personas que se anulan a sí mismas.
Este es el precio que se paga por querer ser "una buena niña" y todo lo que conlleva el ver la vida de esta forma.
Se vive sin vivir nada más que a través de los otros; con sentimientos de culpa porque nunca se consigue gustar tanto, complacer tanto a los demás, porque tanta responsabilidad abruma, deprime, provoca ansiedad y crea dependencia de los otros hacia la persona que intenta complacer, y de la persona que quiere complacer hacia los otros, y hacia el mismo hecho de complacer.
Es como si no preocuparse constantemente de los demás les convirtiera en "malas personas", y si alguna vez intentan buscar su propia "felicidad" encuentran un gran vacío y mucha inquietud. Vacío porque no han aprendido cómo hacerlo ni en qué consiste, e inquietud porque se consideran egoístas y perversas por ello.
Resignarse ha sido la palabra de su vida, y la buena causa, la "felicidad" de los demás y el agradarles.
Tiempo y más tiempo de sus vidas perdido sin posible recuperación; por lo menos hasta que no pongan en tela de juicio estas creencias.

Cambiar las "creencias"
Muchas mujeres han quedado presas con estas creencias y las han arrastrado durante todas sus vidas sin, por supuesto, obtener recompensa, pero sí han convertido sus vidas en un sabor amargo.
Otras, han podido y podrán liberarse de ellas consiguiendo una vida más plena, más satisfactoria, menos abrumadora y más digna de ser vivida. Con menos ataduras y más flexibilidad y creatividad.

Entonces, ¿se puede cambiar esto?.
Si, por supuesto, y para ello es necesario romper la creencia de que es malo desear cosas para una misma. No hay que esconderse más en el dormitorio, en la sonrisa falsa, en el acceder a todo, en querer evitar discusiones a toda costa, en aparentar que nos gusta todo lo que dicen los demás, en la vergüenza de decir lo que se piensa, de tener opiniones propias y de ser autónomas. No esconderse en nada y aceptar que nos critiquen o no gustemos tanto a la gente, pero ser YO. Sí, ser María, o Pilar, o Amparo.
Hay que buscar lo que nos agrada y buscar dentro de nosotras mismas cuales son nuestras opiniones, nuestros gustos, lo que rechazamos y expresarlo sin miedo porque es nuestro, porque eso es lo que nos hace ser Yo y no el Otro.
Para ser Yo, hay que respetarse y una vez nos respetamos a nosotras mismas, conseguimos que los demás nos respeten, porque merecemos ese respeto, porque somos personas únicas y valiosas. Y porque si nosotros podemos y debemos respetar al otro, esto es en la medida en que el otro me respeta a mí.


Revisemos pues nuestras creencias.
- ¿Qué es ser buena hija para mí? ¿En qué consiste exactamente?
- ¿En qué consiste ser una buena esposa, compañera, etc?
- ¿En qué consiste ser una buena madre?
- ¿En qué consiste ser una buena amiga?
¿Estoy siendo yo misma cuando me comporto como:
a) "buena hija"?
b) "buena esposa /compañera..."?
c) "buena amiga"?
- ¿Qué perdería si cambiara estos comportamientos?
- ¿Qué ganaría si cambiara estos comportamientos?
- ¿Me respetan los demás?
- ¿Qué puedo hacer para que me quieran por mi misma?(Pasos concretos)
- ¿Puedo sustituir las creencias que me hacen daño por otras más sanas?

Recuerda:
Si me miento, No me Respeto. Si yo No me respeto, yo no soy YO.
SI NO ME RESPETO, NO ME RESPETARAN.

Carmen Rausell Iglesias
Psicóloga cognitivo-conductual

domingo, 22 de diciembre de 2013

CÓMO APRENDER A PEDIR PERDÓN

Admitámoslo -no siempre es fácil llevarse bien con los hermanos, los padres y los amigos. Nadie es perfecto, y todos hacemos a veces cosas que nos hacen meternos en problemas. Aprender a pedir perdón puede ayudarnos mucho.

Pedir perdón es lo mismo que disculparse. Al pedir disculpas, una persona está diciendo que siente o le sabe mal el daño que ha causado, incluso aunque no lo haya hecho a adrede. Cuando una persona se disculpa, también puede añadir que intentará enmendarse en el futuro. Asimismo, la disculpa también puede ir acompañada de una promesa de reparar o sustituir lo que se ha roto, o la persona se puede retractar de algo que ha dicho.

 

 

¿Qué efecto tiene?


Cuando le pides perdón a alguien -y lo haces sinceramente- significa que te has detenido a pensar en cómo puede haberse sentido esa persona por algo que tú has dicho o hecho. Cuando te detienes a pensar en los sentimientos de otra persona, empieza a saberte mal tu comportamiento. Y, si has hecho algo que sabías que estaba mal, es posible que hasta te avergüences de ello.

Incluso aunque lo que ha ocurrido haya sido un accidente o lo hayas hecho sin querer, probablemente te seguirá sabiendo mal haber herido los sentimientos de otra persona. Después de disculparte, es posible que te sientas un poco mejor (lo que probablemente también le ocurrirá a quien reciba tus disculpas). Cuando una persona pide disculpas con tacto, lo más probable es que se sienta mejor por haber intentando arreglar las cosas.

 

 

¿Cómo se disculpa uno?


Hay muchas formas diferentes de pedir perdón. He aquí algunos ejemplos:
  • "Me sabe muy mal haberte dicho algo tan feo."
  • "Siento haberte perdido el libro."
  • "Perdí los estribos, pero no debería haberte dicho lo que dije. Lo siento."
  • "Siento haber herido tus sentimientos."
  • "Siento haberte chillado."
  • "Me sabe fatal haberte pegado cuando perdí el control. Me he pasado. No volverá a ocurrir."
  • "Lamento haber enviado el mensaje que te envié."


Cuando pidas disculpas a alguien, es posible que esa persona también se disculpe contigo. Por ejemplo, te puede decir: "No tiene importancia. Yo también lo siento. No debería haberme metido contigo". Y es posible que luego volváis a ser tan amigos como antes.

 

 

¿Cuándo debería disculparme?


Es posible que te tengas que disculpar cuando hagas daño a alguien, hieras sus sentimientos, o pierdas algo que le pertenece. También puedes tener que hacerlo si rompes algo (incluso accidentalmente) o si haces algo que sabías que estaba mal -como mentir o saltarte una norma adrede. Y también si haces algo que tus padres te han prohibido o no haces algo que se supone que deberías hacer.

Puedes tener que disculparte ante otro niño o ante un adulto. Los adultos también pueden pedir perdón -a otro adulto o a un niño. Después de todo, ellos también cometen errores de vez en cuando. Disculpándose cuando han actuando mal, los adultos pueden dar un buen ejemplo y enseñar a los niños a hacer lo correcto y a pedir perdón cuando es necesario.

 

 

¿Y si estabas enfadado?


Todos nos enfadamos con otras personas de vez en cuando. Enfadarse no es malo -y no es nada por lo que nos debamos disculpar- pero es importante saber cómo debemos decirle a la persona con quien nos hemos enfadado por qué nos hemos enfadado.

Cuando los niños pequeños se enfadan, pueden pegarse, darse patadas o chillarse. No tienen mucho autocontrol, y pueden no haber aprendido todavía que está mal pegar a otra persona cuando uno está enfadado. Pero, cuando crecen y aprenden a utilizar palabras, saben que es mejor hablar que pegar, dar patadas o chillar cuando uno está enfadado. Aprenden a expresar sus sentimientos verbalmente, es decir, con palabras. Por supuesto, las palabras que emplean cuando están enfadados pueden ser más fuertes o duras de lo habitual -pero no es preciso que sean despreciativas o insultantes. Puedes decirle a una persona que estás enfadado sin dejarla por los suelos ni insultarla. Puedes expresar cómo te sientes con sinceridad sin ser maleducado.

Pero a veces te domina el enfado y puedes llegar a perder el autocontrol. Cuando pierdes los estribos, puedes decir cosas desagradables, insultar, empujar o pegar a otro niño. Pero después probablemente te darás cuenta de que, incluso aunque tuvieras derecho a enfadarte, no te has comportado correctamente. Será entonces cuando, sin lugar a dudas, deberías disculparte.

 

 

¿Una disculpa lo arregla todo?


Pedir perdón cuando uno necesita hacerlo es lo correcto. Disculparse es una buena cosa. Pero, en sí, puede no bastar para que todo vuelva a ser como antes. A veces, junto con la disculpa, la persona necesita reparar el error o decir que intentará no volverlo a hacer nunca más. A veces, tener un detalle con la persona después de disculparte ayuda a hacerle ver que lo sientes realmente y quieres volver a ser su amigo.

A veces, un "lo siento" sincero lo arregla todo inmediatamente. Otras veces, una persona puede tardar cierto tiempo después de recibir tus disculpas en sentirse tan cerca de ti como antes. Tal vez tengas que darle tiempo. Incluso después de haber pedido perdón, es posible que siga sabiéndote mal lo que dijiste o hiciste -pero podrás estar satisfecho por haberte disculpado y haber tomado la decisión de mejorar.

Cuando alguien te pida perdón por algo, es posible que no te sientas con ganas de volver a ser su amigo inmediatamente. También es posible que, si una persona que se ha portado mal contigo repetidamente no cambia, dejes de querer ser su amigo. Tal vez encuentres un alivio por el hecho de que esa persona se te haya disculpado -y te alegres de que, por lo menos, se haya dado cuenta de que se portó mal contigo. Pero, si sigue hiriendo tus sentimientos o comportándose de un modo que te hace daño, es posible que las cosas nunca vuelvan a ser como antes. El mero hecho de que una persona se disculpe contigo no significa que estés obligado a volver a ser su amigo. Eso es algo que sólo depende de ti.


Fuente: http://kidshealth.org/kid/en_espanol/sentimientos/sorry_esp.html

martes, 17 de diciembre de 2013

LA NECESIDAD DE LLORAR

De niños solemos llorar por cualquier situación adversa o que no nos guste con tal de hacer valer nuestros deseos. Cuando vamos cumpliendo años la cantidad de veces que lloramos va disminuyendo porque nos damos cuenta intrínsecamente que no todo en el mundo es intentar hacer valer nuestra voluntad sobre otros para que nos sigan porque con el tiempo las personas nos hacen cada vez menos caso.

Sin duda dejamos de llorar porque notamos que empiezan a no tomarnos en cuenta y que ni siquiera una rabieta lograra hacer que seamos el único punto de atención, como solía ser antes cuando éramos niños; o no lo hacemos porque la vergüenza y el orgullo manejan nuestra vida ahora, mientras en el pasado la manejaba la imaginación y el ego.

Crecer implica darnos cuenta mediante hechos que realmente estamos solos en esta vida, que a pesar del amor que la gobierna, no somos capaces de comprender que las personas viven su propia realidad de acuerdo a lo aprendido. Algunas siguen llorando y otras aguantan la necesidad de llorar porque nada las afecta o porque algo las afecta tanto que niegan realmente las ganas de dejar que el alma se exprese totalmente en forma de lágrimas.

Queremos siempre parecer más grandes, demostrar seguridad y sentirnos importantes porque ya no nos tratan como a niños, pero ¿es justo para nosotros mentirnos de ese modo? ¿Es lógico querer ser mayores, tener hijos y dejar una descendencia en un mundo que sigue jugándonos malas pasadas? No hay duda que es una buena idea, solo si de vez en cuando lográsemos escondernos en algún rincón seguro, para luego intentar concentrarnos y empezar a expulsar toda la verdad convertida en lágrimas que vamos acumulando con el vivir y que no somos capaces de expulsar porque el las escondemos sin querer, debido al orgullo y la vergüenza que se sumergen cada vez mas profundo en nosotros con el pasar del tiempo.

Fuente: http://ginocassini.blogspot.com.es/2008/12/la-necesidad-de-llorar.html

viernes, 13 de diciembre de 2013

LÁGRIMAS AL PESO

Mientras paseaba por una ciudad del sur de Europa, durante unas vacaciones, llegué hasta un mercadillo. Los puestos de estructura tubular se alternaban con simples mantas tendidas en el suelo. Pude ver multitud de mercaderías: mujeres y hombres ofrecían comida casera, ropa, zapatos, bisutería, té recién hecho, pan, libros usados, monedas… Poco más o menos allí había de todo, como en cualquier zoco o mercado ambulante de cualquier parte del mundo. Sin embargo, uno de los comerciantes me llamó la atención.

Estaba sentada sobre una manta de vistosos colores azules. Varios almohadones eran su compañía, pero no había mercancía alguna junto a ella. Solamente un cartel: “lágrimas al peso”. Me senté frente a aquella mujer con las piernas cruzadas, la libreta en la mano y una sonrisa. Le dije que me interesaba conocer su historia. “A mí la suya no. En absoluto”. Me dejó de piedra. “Usted no necesita mis servicios. Las personas que sonríen no me sirven para hacer negocio”. Compré toda su mañana de trabajo con un billete de 20 euros, y ella recogió su manta y sus cojines y me siguió.

Se llamaba Soraya, y no era de nadie. Me lo repitió varias veces: “no soy de nadie. No quiero marido, no nací para estar atada. Aquí solo trabajas honradamente para tu marido y su familia. Las viudas, las solas, solo pueden ser putas. Yo no soy ni lo uno ni lo otro. Lloro las penas de los demás a cambio de dinero. Es un oficio limpio que no ofende a nadie, y me permite vivir sin que me escupan a la cara”. Me costó asimilar tanta información. Aquella mujer esbelta de enormes ojos negros y piel aceitunada tenía ascendentes egipcios, turcos, griegos, gitanos, fenicios. Sangre de todos los colores gracias a la que no se identificaba con ningún estereotipo. Era como una oveja azul en medio de un rebaño de ovejas negras.

Decidí seguir preguntando. Nunca había conocido a nadie tan peculiar. “¿Lloras por encargo? ¿Eres una plañidera, entonces?” Se echó a reír. No, no debía ser eso. Sus ropas de colores no eran, precisamente, apropiadas para ir a los entierros a llorar ruidosamente al difunto por unas monedas. “Hace mucho tiempo que la valía de un hombre no se mide por el volumen de los llantos que le acompañan a la tumba. La muerte ya no es negocio, es simplemente desgracia. No, a mí me interesan mucho más los vivos”. Era terriblemente enigmática. No terminaba de explicarme a qué se dedicaba exactamente, y ya estaba pidiendo el segundo té y una bandeja de pastas con miel y sésamo para acompañarlas. Escribir su historia me estaba saliendo bastante caro. Imagino que, para una vez que podía ganarse algo sin llorar, iba a aprovecharlo cuanto pudiese.

Cuando terminó con la última gota de té y la última pasta, se limpió ceremoniosamente y me anunció: “ya estoy lista. Coge tu bolígrafo”. Por fin iba a desvelarme su particular misterio. “En este lugar, las mujeres lloran solas, y los hombres también. Ellas no pueden hacerlo en público ni ante los hombres, sería una vergüenza. Ellos no pueden hacerlo en público ni ante las mujeres, sería una señal de debilidad. Todo el mundo sabe que las penas que no se lloran se enquistan dentro, y hacen que la persona enferme y muera, pero a nadie le gusta llorar solo. No se trata de encontrar un hombro en el que desahogarse, se trata de encontrar alguien que te comprenda tanto que pueda compartir tu pena y llorarla contigo. Aquí, la falta de comunicación es terrible, las normas sociales son tan rígidas que les impiden hablar, expresar sus sentimientos como personas libres. Por eso me buscan a mí. Yo no soy de nadie, no obedezco esas normas que atan a los demás porque no pertenezco a su sociedad ni a su cultura. Abren sus almas hacia mí, yo les escucho, entiendo su pena y la hago mía. Lloro con ellos, les ayudo a limpiarse por dentro, y cuando se han calmado me pagan mi servicio y se van. Eso es todo”.

Anoté sus palabras en mi cuaderno; hablaba deprisa, y yo escribía como una posesa para no perder ningún detalle de su explicación. Cuando terminé le hice una última pregunta: “¿Y dónde encaja lo de el peso?” pregunté aludiendo al cartel de su puesto en el mercado. Me miró como si yo fuera estúpida, como si no hubiese entendido nada. “Me peso antes y después de cada trabajo. ¿Cómo si no mediría la cantidad de lágrimas que derramo por alguien? Cuanto más lloro, mejor se sienten. Las penas grandes exigen mucha agua salada para disolverse. La tarifa varía, a las mujeres les cobro menos, ellas siempre tienen muchos más motivos para sufrir. Es un buen negocio, no creas. En esta ciudad nunca me faltará trabajo”.

Me fui hacia mi hotel pensando en todo lo que Soraya me había dicho, y me di cuenta de que quería, necesitaba, volver cuanto antes a casa para escribir esta historia, para ver a mis amigos y a mi familia y saber, verificar, que yo no llegaría al extremo de tener que pagar una Soraya para compartir pena y llanto. Que no me faltaría quien me abrazase y acompañase mis lágrimas si estas me fueran necesarias para seguir viviendo.

Fuente: http://susanarodriguezcuentahistorias.blogspot.com.es/2012/04/lagrimas-al-peso.html

viernes, 6 de diciembre de 2013

¿QUÉ LE GUSTA A UNA MUJER DE UN HOMBRE?

La verdad es que la humanidad es relativamente caprichosa en sus gustos: lo que gusta a unos no gusta a otros. Las mujeres por tanto, no deberían de escapar de esta norma y tendrían unos gustos y unas necesidades muy distintas, que satisfacerían eligiendo hombres distintos. Pero lo cierto es que a pesar de que a todos nos gustan cosas distintas, si repasásemos la lista de los grupos musicales que más gustan; de las películas que más gustan; de las series de la tele que más gustan… nos encontraríamos con coincidimos en nuestros gustos más de lo que hemos empezado diciendo en este artículo. Aun así es inevitable que a mucha gente no le gusten “Los Simpson”, o no le guste los “Rolling Stones”. Pero aún así incluso hasta algunos de los que no les gustan estos productos reconocen que “tienen algo”. En el caso de las mujeres, es posible que a ellas les gusten hombres distintos porque como ya hemos dicho, tienen necesidades distintas, tienen intereses distintos, hasta tienen gustos distintos. Pero aún así, hay una serie de rasgos que a las mujeres les suelen gustar de los hombres independientemente de sus necesidades particulares. Por todo esto, en este artículo vamos a hacer dos listas: una de ellas con cosas que a las mujeres casi invariablemente les gustan de los hombres de forma más o menos objetivas; y otra de ellas con cosas que a las mujeres les gusta a veces de los hombres y ha veces no, en función de sus necesidades y de sus gustos particulares. En este artículo, qué le gusta a una mujer de un hombre.

Cosas que gustan a una mujer siempre de un hombre

  1. Que se cuide. Nada de eso de hombres que no se cambian de calzoncillos en cuatro meses, que no se lavan, que no cuidan su vestuario… Una mujer suele insistir mucho en que la gustan los hombres bien aseados, bien vestidos. No gustan los hombres descuidados en su aspecto, en su higiene… Aunque es completamente cierto que los hombres solemos tender a ser de media más guarros que las mujeres, nos lavamos menos, lavamos menos nuestra ropa, no le damos tanta importancia a la higiene diaria…
  2. Que tenga un buen cuerpo. Hay muchos cuerpos de hombres que pueden resultar atractivos a una mujer. Pero si no cuidamos nuestro cuerpo pues es normal que en no mucho tiempo aparezcan michelines, carnes caídas, falta de forma… No hace falta matarse en el gimnasio, y a las mujeres no las gustan los hombres demasiado cachas, pero sí las gustan los hombres en forma, que mantienen su físico cuidado y en su máxima expresión, con su peso adecuado, con sus formas masculinas…
  3. Que sepa vestir. Comúnmente cuando una mujer se hecha novio, intenta hacerse con el control completo del vestuario de su chico… Pero aún así, conquistaremos con mayor facilidad el corazón de una mujer si aprendemos a vestir. Para ello podemos poner el ejemplo de un restaurante e3+n donde siempre sirven la misma comida, todos los días lentejas… Con el tiempo, le cogeríamos un asco tremendo a las lentejas, pero no porque no nos gusten: si no porque nos tendemos a cansar de siempre lo mismo… Con nuestro vestuario pasa igual: si siempre vamos igual y no cambiamos, pues no impresionaremos a los demás. Las mujeres llevan esto al extremo y a veces se compran un traje, lo usan una sola vez, y luego deciden que ya no les vale porque la gente ya las han visto con este traje y no quieren repetir dos veces el mismo traje… No hace falta ser tan exagerado, pero sí aprender a cambiar nuestro vestuario.Digamos que podemos tener varios estilos distintos: rock, gótico, calle, sport… y los vamos cambiando, un día uno y otro día otro, estilos por supuesto que se adapten a las circunstancias, tanto externas, como internas (estados de ánimo). Simplemente es cuestión de crear estos estilos, miramos la ropa que tenemos, miramos cómo la podemos combinar, y creamos 7, 8, estilos nuestros distintos, y cada día que salgamos pues tenemos uno distinto. Aunque por supuesto se puede repetir, por ejemplo siempre que vallamos a las piscinas podemos tener el mismo esto de vestir, algo tipo “sport”.
  4. Que sea noble, simpático, divertido… Se ha demostrado que las mujeres que dicen tener un marido con sentido del humor son más felices de media que aquellas que dicen que su marido no destaca precisamente por su sentido del humor. Eso sí, manteniendo la nobleza, la sinceridad… Las mujeres que están casadas con un bufón son felices también… pero por lo general para ligar no conviene ser demasiado bufón con las mujeres, porque ellas, aunque quieren por supuesto a un hombre que las haga reír; también quieren a un hombre muy hombre, y eso es muy noble, muy varonil… Y si somos unos payasos absolutos pues perdemos esta varonilidad… Es cuestión de hallar el equilibrio entre ser divertidos por un lado; y ser nobles y sinceros, por otro.
  5. Que sea sociable y con éxito. A las mujeres no las gustan los hombres sin oficio ni beneficio. Podemos enamorar a una mujer con cosas de nuestra vida como tener una buena profesión, tener alguna afición interesante, tener planes de futuro… Y además, ellas siempre le dan mucha importancia al que un hombre sea sociable, que tenga buen trato con los demás, que sea buen conversador, sensato, que no sea ni demasiado violento ni demasiado sumiso en el trato social…


Cosas que a veces les gustan las mujeres de los hombres

  1. Que sea extrovertido. A pesar de los tópicos, es común que las mujeres que no tienen problemas de sociabilidad les atraigan bastante los hombres algo tímidos y un poco retraídos. Sí es cierto que a las mujeres más tímidas les puede atraer los hombres más extrovertidos, más espontáneos, con menos miedos sociales… Ellas se enamoran de extrovertidos porque compensan su mal trato social. Pero no tiene por qué ser así siempre, y yo recuerdo que por ejemplo, la chica de la que yo estaba enamorado en el insti era completamente tímida, introvertida… ¿qué sentiría ella por mí… ? No lo sé pero a veces entre tímidos también nos enamoramos.
  2. Que sea decidido. Ya sabemos que existe el tópico de que los hombres decididos, que cogen el peso de una relación sobre sus hombros, son más atractivos. Pero lo cierto es que a las mujeres más dominantes las suelen gustar tener a su lado a un hombre sumiso, algo bobalicón, que no se queje, que sepa fregar y planchar… y que sea en definitiva, un poco nenaza o un poco calzonazos. Aun así, a la mayoría de las mujeres las gustan los hombres decididos; pero no perdamos de vista ese pequeño porcentaje de mujeres que las gustan los hombres más tranquilos y sumisos.
  3. Que sea alto y fuerte. De normal a las mujeres las gustan los hombres bastante altos, al nivel de España pues rondando el 1,80. Pero a un porcentaje de mujeres no las gustan los hombres tan altos, y prefieren hombres más bien de su misma estatura, sobre el 1,60 o poco más. Además, a algunas de ellas las gustan los hombres un poco débiles y asténicos, flacosen definitiva, aunque a la mayoría los gustan los hombres de un tipo normal  (a pesar de los mitos, son muy pocas a las que gustan los hombres con un “tipo cachas” o muy musculado).
  4. Que sea un poco niño. Algunos hombres siguen manteniendo rasgos algo infantiles cuando llegan a la edad adulta. Son hombres divertidos, con mucha ilusión por todo, con normalmente una buena inteligencia, con muchos intereses,… Sí, son hombres algo “frikis”, intelectuales, algo tímidos, muy finos en su trato y en sus modales… Pero en cambio, a algunas mujeres las gustan los hombres más “hombres”, más maduros, con cara de hombres y no de niños, con un trato no tan fino y algo más varonil, con menos “pájaros en la cabeza” y ambiciones más pragmáticas… A veces incluso podemos intentar buscar nuestro equilibrio de seguir permaneciendo con algunos rasgos un poco niños; y a su vez incorporar en nosotros rasgos más de hombres adultos, como ser un poco más pragmáticos con nuestro futuro, tener ambiciones más concretas, no ser tan idealistas incluso…
  5. Que sea muy activo. Pues a muchas mujeres las atraen esos hombres que siempre están haciendo cosas, que nos proponen una cena tan pronto como nos proponen una escapada al campo, que no se pueden estar quietos ni un solo segundo, que si no están en el trabajo están en el gimnasio poniéndose en forma; que tienen amigos aún de casado y queda con ellos de vez en cuando (sólo o en pareja); que todos los sábados por la noche propone a su mujer ir a cenar fuera a un restaurante, y luego ir a tomar un helado, hasta terminar en la discoteca a las cuatro de la mañana, abrazándose y bailando con su mujer-novia… En cambio, a otras mujeres las atrae más los hombres más tranquilos, más caseros. Hombres que una vez han terminado con sus obligaciones de trabajo, se ponen delante de la tele y son capaces de estarse así tranquilos hasta que se van a la cama. Hombres algo más callados, con menos fuerza vital, un poco menos salvajes, de agradable compañía y agradable conversación, pero un poco sosostambién. Es una cuestión de gustos, aunque otra vez digo lo que antes: a la mayoría de las mujeres las gustan los hombres activos. Aunque un porcentaje menor de ellas prefieren los hombres más tranquilos y sin tantas energías, supongo que porque ellas son mujeres que también son tranquilas y que aspiran a una vida tranquila. No buscan las emociones de las personas activas…



Fuente: http://seduccionyautoayuda.com/que-le-gusta-a-una-mujer-de-un-hombre/